CongreS.O.S médicos

Los congresos médicos patrios están languideciendo, heridos de muerte. Quizá no todos, pero si muchos. No sólo los de pequeñas especialidades, o asociaciones privadas, también grandes congresos nacionales, que otrora reunieron cientos de médicos, incluso más. En algunas especialidades más visiblemente que en otras, propiciado por los ciclos de vida de los fármacos y la falta de innovación.

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3 de junio 2016

jordi plajaPor Jordi Plaja. Fundador de IE4 Partners.

jplaja@ie4partners.com

Los congresos médicos patrios están languideciendo, heridos de muerte. Quizá no todos, pero si muchos. No sólo los de pequeñas especialidades, o asociaciones privadas, también grandes congresos nacionales, que otrora reunieron cientos de médicos, incluso más. En algunas especialidades más visiblemente que en otras, propiciado por los ciclos de vida de los fármacos y la falta de innovación.

 

Esta es la reflexión que me hace un buen amigo médico, hace unos pocos días. Y tiene toda la razón, los congresos médicos mueren, y lo hacen por factores intrínsecos. No es que ahora la información de los últimos avances esté disponible en cualquier rincón del mundo al mismo tiempo, es principalmente porqué sus organizadores siguen empecinados en el mismo formato caduco y en temas repetitivos.

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Que visto lo visto los propios médicos literalmente pasen de ir lo entiendo, pero que acudiendo a la cita, mayormente por invitación, no se dignen en aparecer por las salas ni un 10% de los inscritos, me parece de vergüenza, cuando no una falta de respeto, indigno de una profesión tan relevante para la sociedad.

La historia se va repitiendo. El destino es escogido en clave turística, la inscripción es cada vez menor, y las salas están vacías. Es misión imposible llenar una sala, injusto para los ponentes y durísimo castigo para el comité organizador, a la vez que decepcionante para los que si han hecho un esfuerzo en ir a aprender algo. Sólo alguna ponencia de un tema innovador, que impacta en la práctica profesional, llena una sala pequeña. Exitazo. “Ves, esto es lo que necesitamos” dice tímidamente alguna voz.

Presumo en muchos casos una incuestionable buena voluntad, que no es excusa, pero en otros eventos el objetivo primario se camufla con los secundarios, y eso es inaceptable. Luego se oyen los cantos de sirena y rumores de que meigas haberlas haylas.

La industria… stands pequeños, esta vez gratis a cambio de inscripciones, caras largas, quejas en voz baja, con suerte alguna comida con “sus asistentes”, sensación de tiempo perdido y cada día un mayor convencimiento que esto no puede seguir así.

Ah, y la media de edad empieza a ser preocupante. La cana reina, sus propietarios se dan cuenta de que algo pasa, lo ven, pero increíblemente repetirán el mismo esquema el año que viene. La junta dirá que la culpa es de un laboratorio que ha organizado un simposio las mismas fechas, que hay demasiados congresos, que esto o que lo otro… Nada chicos, que lo hemos hecho muy bien.  Abrazos con redoble, maleta y al aeropuerto.

Y luego la sorpresa será máxima cuando un año aparezca de la nada un congreso “rival”, pragmático, que dé respuesta a unos temas previamente sondeados, innovadores, con mucha carga basada en el online, en el conocimiento global y la aplicación local, en el desplazamiento mínimo y un máximo aprovechamiento. Que tome decisiones de a quién invita o deja asistir en función de la respuesta y el compromiso individual, y entonces “Claro, y quién podría predecirlo” se dirán…

Pero mientras… quién pierde más en todo esto, quién tiene más culpa, el que va y no asiste, el que organiza pero no escucha, o el que paga por costumbre. ¿Por quién doblan las campanas?

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