El patrono laico de los entrevistadores

A falta de un patrón oficial en el santoral que vele por los entrevistadores, se propone en este artículo designar como protector, defensor o benefactor de esta actividad a Evaristo Acevedo. Esta es su historia y las razones por las que, al menos, podría ser nombrado entrevistador honorario.


Por Carlos Lamas.

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5 de enero 2017

A falta de un patrón oficial en el santoral que vele por los entrevistadores, se propone en este artículo designar como protector, defensor o benefactor de esta actividad a Evaristo Acevedo. Esta es su historia y las razones por las que, al menos, podría ser nombrado entrevistador honorario.

Por Carlos Lamas. Estadístico.

Artículo publicado originalmente en el número 133 de la revista Investigación y Marketing de AEDEMO, en diciembre de 2016.

He buscado en internet, fuente de toda sabiduría, quién era el santo patrón de los entrevistadores, ese colectivo tan fundamental en la investigación por encuestas y que tan frecuentemente se olvida y ningunea (lo digo con conciencia personal de culpa pero sabiendo que hay otros muchos pecadores). La calidad del trabajo de campo es determinante de la calidad de la información básica. Y ya sabemos que si la información de partida no es buena, se aplica aquello de “garbage in, garbage out”. Ahora, cuando las encuestas se ponen en cuestión por los fallos predictivos de los sondeos electorales en varios países y se ponen en marcha procesos de revisión de las mismas, el entrevistador –su formación, capacidad y valoración– es un elemento a no olvidar.

Volvamos al santo patrono. Internet no me resolvió la papeleta, a veces pasa. Recurrí a mi conocimiento de las vidas ejemplares de los santos para buscar un patrono posible, pero ese conocimiento ha sido siempre limitado y con tendencia a la baja. Por analogías con patronos de otras profesiones barajé las opciones de San Francisco de Sales, patrono de los periodistas; de San Juan Bosco, de los magos y actores, y de Santo Tomás. A falta de un patrón oficial en el santoral que vele por los entrevistadores, se propone en este artículo designar como protector, defensor o benefactor de esta actividad a Evaristo Acevedo. Esta es su historia y las razones por las que, al menos, podría ser nombrado entrevistador honorario. Apóstol, el de los jueces, porque el entrevistador tiene un pellizco de las tres profesiones. Pero la duda subsiste y convendrá aplicar aquello que nos enseñó de pequeños el catecismo del padre Astete: doctores tiene la Iglesia que os lo sabrán responder.

EVARISTO ACEVEDO

Antes del verano compré por un euro, en una librería de libros usados que hay cerca de mi casa, un ejemplar de Treinta años de risa -un libro en papel, de los de antes, de los de siempre, de los que no se pueden cargar en el Kindle, donde mi admirado humorista Evaristo Acevedo escribe sus memorias correspondientes al período 1940- 1970. Cuando yo era mucho más joven, Evaristo Acevedo me hizo pasar muy buenos ratos con la sección La cárcel de papel, que regularmente y durante muchos años publicó en la revista La Codorniz de la que yo era lector habitual. Su cara, quizá por sus gafas redondas y de cristales gruesos, siempre me recordó a la de Azaña.

Cuenta en el libro que en 1945, Juan Aparicio –preboste cualificado del Régimen, primer director de la Escuela Oficial de Periodismo y a la sazón delegado nacional de prensa– le ofreció un puesto en el Departamento de Auscultación Pública que estaba dirigido por su hermano Cayetano.

EL ORIGEN DEL CIS

Una sintética reseña histórica. El Servicio Español de Auscultación de la Opinión Pública (SEAOP) se crea en septiembre de 1942, integrado en las estructuras de la Delegación Nacional de Prensa que, a su vez, dependía de la Vicesecretaría de Educación Popular, en el seno de la Secretaría General del Movimiento. En 1945 pasa a depender del Ministerio de Educación y se cierra en 1948. El SEAOP es el precedente del Instituto de la Opinión Pública IOP, creado en 1951 y refundado en 1963, dependiente del Ministerio de Información y Turismo que, en 1977, se transforma en nuestro actual Centro de Investigaciones Sociológicas, CIS, bajo el paraguas de la Presidencia del Gobierno.

Evaristo compaginaba sus trabajos de auscultador público en horario de mañana con sus funciones de cartero interino por las tardes, pluriempleo que le permitía tener sus necesidades económicas resueltas sin tener que depender del cobro de los artículos que, por otra parte, escribía para diferentes publicaciones.

Me encantó saber que en el inicio de los estudios de opinión se utilizara a denominación de auscultador (con obvias resonancias médicas) en lugar de los términos entrevistador o encuestador utilizados hoy. La profesión incluso parece así más digna e importante.

Evaristo cuenta cómo se formó con libros que daban cuenta de las experiencias de Gallup en Estados Unidos, cómo apreciaba el hecho de que los auscultadores callejeros no tuvieran horario, cómo seleccionaba a los entrevistados en la misma calle, las reacciones de estos, y sus recelos ante las preguntas que tuvieran un cariz mínimamente político, etcétera. Y cómo, a partir de un momento, decidió combinar la elección de entrevistados en las calles con una selección de sus amigos y compañeros de café que respondían de una forma más tranquila y confiada y también con mayor conocimiento de los temas –entiendo que respetando las cuotas demográficas que le hubiesen señalado–.

Cuando iba a la oficina a entregar los cuestionarios ya cumplimentados, solía hacer un informe sobre la reacción colectiva ante cierto tipo de preguntas o comentarios sobre la redacción de las preguntas y sus posibles mejoras, etcétera. Estos informes gustaban extraordinariamente a Cayetano Aparicio, que comenzó a considerarle uno de sus auscultadores más capacitados.

Como tantos otros encuestadores presenciales de hoy, tiene también su propio anecdotario. En cierta ocasión en que estaba haciendo las preguntas de la encuesta a un amigo en un café, un cargo de los sindicatos verticales– que estaba oyendo el interrogatorio en la mesa de al lado– se encaró con él, le acusó de saboteador del Régimen, le rompió el cuestionario y casi llegan a las manos. Los dos terminaron en la comisaría cercana.

Pienso yo que, puestos a buscar un patrono laico para esta profesión, no vamos a encontrar un eximio personaje (signifique eximio lo que signifique, que diría Millás) con mayores merecimientos que Don Evaristo. Y si no se quieren santos laicos por la contradictio in terminis que ello representa, le podemos nombrar, al menos, entrevistador/ auscultador honorario.

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